Las propiedades eléctricas de ciertos
materiales ya eran conocidas por civilizaciones antiguas.
En el año 600 AC, Tales de Mileto había comprobado
que si se frotaba el ámbar, éste atraía hacia sí a objetos
más livianos. Se creía que la electricidad residía en
el objeto frotado. De ahí que el término "electricidad"
provenga del vocablo griego "elektron", que significa
ámbar.
En la época del renacimiento comenzaron los primeros
estudios metodológicos, en los cuales la electricidad
estuvo íntimamente relacionada con el magnetismo. El
inglés William Gilbert comprobó que algunas sustancias
se comportaban como el ámbar, y cuando eran frotadas
atraían objetos livianos, mientras que otras no ejercían
ninguna atracción. A las primeras, entre las que ubicó
el vidrio, el azufre y la resina, las llamó "eléctricas",
mientras que a las otras, como el cobre o la plata,
"aneléctricas".
En 1672 el físico alemán, Otto von Guericke desarrolla
la primer máquina electrostática para producir cargas
eléctricas. Esta máquina consiste de una esfera de azufre
torneada, con una manija a través de la cual la carga
es inducida al pasar la mano sobre la esfera.
A fines de 1673 Francois de Cisternay Du Fay
identifica la existencia de dos cargas eléctricas, positiva
y negativa.
Benjamin Franklin fue quien postuló que la electricidad
era un fluido y calificó a las sustancias en eléctricamente
positivas y negativas de acuerdo con el exceso o defecto
de ese fluido. Franklin confirmó también que el rayo
era efecto de la conducción eléctrica, a través de un
célebre experimento, en el cual la chispa bajaba desde
una cometa remontada a gran altura hasta una llave que
él tenía en la mano.
Hacia mediados del siglo XVIII se estableció la distinción
entre materiales aislantes y conductores. Los aislantes
eran aquellos a los que Gilbert había considerado
"eléctricos", en tanto que los conductores eran los
"aneléctricos".
Esto permitió que se construyera el primer almacenador
rudimentario: estaba formado por dos placas conductoras
que tenían una lámina aislante entre ellas. Fue conocido
como botella de Leyden, por la ciudad en que
se lo inventó.
La botella de Leyden es un condensador eléctrico de
capacidad fija constituido por una botella de vidrio
en la que dicho material desempeña el papel de dieléctrico
y los electrodos están colocados dentro y fuera de la
botella.
A principios del siglo XIX, el conde Alessandro Volta
construyó una pila galvánica. Colocó capas de cinc,
papel y cobre, y descubrió que si se unía la base de
cinc con la última capa de cobre, el resultado era una
corriente eléctrica que fluía por el hilo de unión.
Este sencillo aparato fue el prototipo de las pilas
eléctricas, de los acumuladores y de toda corriente
eléctrica producida hasta la aparición de la dínamo.
La tensión de Volta es la diferencia de potencial
existente en la superficie de contacto de dos metales
distintos. Este fenómeno se aprovecha para producir
corriente eléctrica por medio de una pila.
Mientras tanto, Georg Simon Ohm sentó las bases
del estudio de la circulación de las cargas eléctricas
en el interior de materias conductoras.
En 1819, Hans Oersted descubrió que una aguja
magnética colgada de un hilo se apartaba de su posición
inicial cuando pasaba próxima a ella una corriente eléctrica
y postuló que las corrientes eléctricas producían un
efecto magnético. De esta simple observación salió la
tecnología del telégrafo eléctrico.
Sobre esta base, André Ampère dedujo que las
corrientes eléctricas debían comportarse del mismo modo
que los imanes.
Esto llevó a Michael Faraday a suponer que una
corriente que circulara cerca de un circuito induciría
otra corriente en él. El resultado de su experimento
fue que esto sólo sucedía al comenzar y cesar de fluir
la corriente en el primer circuito. Sustituyó la corriente
por un imán y encontró que su movimiento en la proximidad
del circuito inducía en éste una corriente. De este
modo pudo comprobar que el trabajo mecánico empleado
en mover un imán podía transformarse en corriente eléctrica.
Faraday lleva a cabo experimentos que demuestran que
un imán en movimiento inducía una corriente en un alambre.
Demuestra que se podía producir electricidad sin sustancias
químicas. Esto lleva a la invención del dinamo.
En 1831 enrolló dos bobinas de alambre en un anillo
de hierro, cuando conectaba una bobina a una pila, pasaba
una corriente por la otra. Al desconectarla se generaba
un impulso en la segunda bobina, era el "transformador".
Los experimentos de Faraday fueron expresados matemáticamente
por James Maxwell, quien en 1873 presentó sus
ecuaciones, que unificaban la descripción de los comportamientos
eléctricos y magnéticos, y su desplazamiento, a través
del espacio en forma de ondas.
Maxwell demuestra que un circuito eléctrico oscilante
irradia ondas electromagnéticas cuya velocidad es muy
próxima a la velocidad de la luz, con lo cual vuelve
a tomar forma la teoría de la forma ondulatoria de la
misma.
En 1878 Thomas Alva Edison comenzó los experimentos
que terminarían, un año más tarde, con la invención
de la lámpara eléctrica, que universalizaría el uso
de la electricidad.
Edison, utilizando una nueva bomba de vacío neumática,
produjo una lámpara resistente y comercialmente viable
provista de un filamento de carbono.
Desde que en 1880 entró en funcionamiento en Londres
la primera central eléctrica destinada a iluminar la
ciudad, las aplicaciones de esta forma de energía se
han extendido progresivamente.
En Buenos Aires, el sistema eléctrico comenzó con la
aparición de la Compañía General Eléctrica Ciudad de
Buenos Aires, en 1887. La electricidad se ha convertido
en una fuente de energía indispensable, presentando
las ventajas de su limpieza, su bajo costo, y su fácil
transporte y conversión en otros tipos de energía.
|